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La Historia de Los Secretos  


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La familia Urquijo y uno más... 

 

Tres eran tres los hermanos Urquijo. A saber y por orden, Javier, Enrique y Alvaro. A pesar de que el apellido pudiera unirles a una de las familias más ricas de España, lo cierto es que el suyo era un hogar de clase media del madrileño barrio de Argüelles en el que un día cayó por ahí una guitarra. La trajo el padre de los tres. Un hombre que por profesión viajaba mucho y al que le gustaba la música clásica, el jazz de Duke Ellington, el  ragtime y disfrutaba de un aceptable equipo de música. Una guitarra para tres inquietos mocosos que estaban acostumbrados a oír buena música en casal. Tan seguiditos y tan peleones, se disputaban el instrumento con el que se ponían a sacar las canciones que les gustaban. Las de Dylan, las de Jackson Browne, Crosby, Stills, Nash and Young, Los Byrds... eran los setenta. Las peleas hicieron que la guitarra se llenara de remiendos para disimular los golpes y desconchones y poder seguir sacando algún sonido coherente. Harto de riñas, un día papá Urquijo la guardó con llave en un armario. Los niños tenían que estudiar y dejarse de tanta música y... menos discos, ea!, así que de paso soltó una de las piezas claves del tocadiscos para que tampoco consumieran las tardes colgados con sus escasos Lps, que escuchaban una y otra vez. Punto, Pero el padre viajaba mucho, y el pequeño de los tres era un investigadorcillo de esos que desmenuzan todos los cachivaches habidos y por haber. Alvaro consiguió poner en marcha el equipo y abrir la cerradura. La música podía con los tres hermanos Urquijo. Era más que una necesidad, más que un mero juego entre chavales.

 

¿Qué grupos han sobrevivido después de 18 o 20 años? He estrujado un montón de folios y sólo he encestado   algunos en la papelera. He  recordado nuestros encuentros desde aquella entrevista en “Hoja del Limes”... He intentado describir la  importancia de su música, la cronología de su carrera: la melancolía, las guitarras “Rickenbacker”, el brío, Canito, Tos, la Escuela de Caminos, los Pedros, los Byrds, Jaokson Browne, Gonzalo Garrido, Onda Dos, Ramón Arroyo, Uy Cooder, Tex-Mex, la ansiedad...Los Problemas,... No puedo ser objetivo. Alvaro y Enrique han can­tado y escrito parte de la banda sonora de mi vida. Sólo puedo darles las gracias.

 

                                                                                                Santiago Alcanda.

 

   Batallitas de abuelo

 

Es como un cuentecito, pero es mejor empezar la historia de Los Secretos por el principio más remoto que añorar desde la primera línea los tiempos de la Movida Madrileña. La Nueva Ola pasó, fue una cosa estupenda y bla, bla, bla, pero hace tiempo que ya suena a batallita de abuelo lo de regodearse en ella. Muchos de los fans de ahora de Los Secretos no habían ni nacido en 1980, no les interesa nada que les hablen del Rock Ola o El Sol, ni de Onda 2, salvo como mero documento, y los que pudieron vivirlo, tendrán su propio recuerdo y sensación, así que es mejor no estropeárselos. Va a empezar a pasar como lo que se decía entonces de los que venían con la milonga de los sesenta, los hippies y el mayo francés: “si te acuerdas tanto de los sesenta es que no los viviste”. Pues eso. Los Secretos vivieron los ochenta, están viviendo los noventa y no es difícil aventurar que seguirán vigen­tes todavía el próximo siglo. Total,  está a la vuelta de la esquina y ya han sobrevivido a lo peor. Y sobrevivir así con tantas calamidades como han tenido que superar sólo se  logra si detrás hay una obra de peso, esto es, una música valerosa, una his­toria razonable, en definitiva, un enorme bagaje de canciones  hermosas.

De aquella guitarra descuajeringada a empezar a tomárselo más en serio fue cuestión de nada. Y casi sin querer. Por casa de los Urquijo pasaba mucho Canito, un colega del colegio de uno de ellos y como de la familia. Tenía una batería y sabia hacer can­ciones. Total que los cuatro empezaron a hacer ensayitos.

“Con mis hermanos habíamos descubierto la guita­rra acústica y aprendido a sacar canciones. Estábamos acostumbrados a escuchar música de calidad en casa y teníamos nuestros libretos de acordes. Unos años antes mi padre había llegado un día a casa con un disco de Stephen Stills que le había recomendado un amigo. Ése disco cambió nuestra forma de ver la música. Con unos ahorrillos de nuestra asignación mensual compramos luego una guitarra eléctrica y un ampli. Vino Canito con su batería y tocábamos canciones de CSNY, Dylan, Byrds... Más tarde un bajo, otro ampli, y mi padre, aunque llegó a pensar que no había sido buena idea lo de comprarnos una guitarra, no tenía ni idea que ensayábamos más en serio. Tenemos una hermana mucho más pequeña que nosotros, entonces era casi bebé, y a mi padre se le caía la baba. Se distraía con ella y nosotros seguíamos haciendo de las nuestras. Pero ni se imaginaba que nuestras maquetas ya empezaban a sonar en la radio. La pri­mera de todas, cuando todavía nos llamábamos Tos, tenía canciones de Canito. Años después salió en un single con el sello Dos Rombos, de un amiguete que nos dijo que sólo iba a hacer 3.000 copias, pero debió vender 5.000 ó 10.000 pues todo el mundo lo tiene y suena horrorosamente mal, Allí estaba “Snoopy y Olga”, “Máquinas”, “No llores”, que era una versión del Don’t Cry No Tears” de Neil Young y alguna más. Luego otra, en el 79, con “Me aburro” y “Déjame” con la que la gente empezó a conocernos y a acudir a los conciertos. Tocamos en el Jardín, colegios mayores... En el año nuevo del 80 murió Canito y luego vino su célebre homenaje en la Escuela de Caminos. Empezaba a pasar algo, el pop despertaba” (Alvaro Urquijo)”.

 

De las mejores cosas que se pueden decir de un grupo, can­tante o músico, es que tiene un sonido personal.

Sin duda Los Secretos lo tienen. Es algo que uno nota en la radio, en el primer o segundo compás. El impecable sonido de Alvaro, el personal timbre de Enrique o la espectacular guitarra de Ramón; en un instante te ubican y dices:

 Los Secretos!!

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                             Javier y su banjo, en 1975                              Ensayando en la Sierra madrileña con Canito (1974)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                             Cena familiar de los Urquijo y Pedro A. Diaz                                                 Enrique y Alvaro

 


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